El método
El trabajo comienza antes del movimiento.
En cómo estamos de pie.
En cómo nos relacionamos con el suelo,
con el peso y con la gravedad.

En aquello que hacemos,
muchas veces sin advertirlo,
para sujetarnos.
El método no consiste en enseñar al cuerpo
qué debe hacer.

Consiste en crear las condiciones
para que pueda dejar de hacer
aquello que interfiere.

Soltar… sin perder estructura

Soltar en la postura
Queremos soltar.
Pero para soltar necesitamos estructura.

La postura ofrece esa estructura:
un recipiente corporal alineado con la gravedad.
Pero la postura, por sí sola, no basta.

La atención reconoce cómo cae el peso en ella.
Y la postura ofrece a la atención
un lugar donde quedarse.
Postura y atención: inseparables.
La postura da forma a la atención.
La atención habita la postura.
Encontrar esa postura no es inmediato.
Nuestro cuerpo no llega vacío a la práctica.
Años de adaptación, protección y resistencia han dejado memorias en él: maneras aprendidas de sujetarnos, de fijarnos, de permanecer de pie.

Encontrar una postura clara implica empezar a reconocer esas memorias y dejar que, poco a poco, interfieran menos.
Y permanecer en ella tampoco resulta sencillo.
Para una mente acostumbrada a anticipar, recordar, resolver y divagar a rienda suelta, quedarse sencillamente en lo que está ocurriendo requiere práctica.

La postura da a la atención un lugar donde permanecer.
La atención permite habitar la postura.
No son dos dificultades separadas.
Cuando la atención se dispersa, el cuerpo vuelve fácilmente a organizarse desde patrones conocidos.
Cuando el cuerpo se fija o se resiste, la atención pierde presencia.
Postura y atención se pierden juntas.
Y juntas pueden recuperarse.
Soltar en la postura es también un trabajo de reencuentro:
volver a reunir aquello que el hábito había separado.
Relajarse no es producir un estado.
Es dejar de oponerse al peso.
No es una magia.
No consiste en aplicar un truco para aflojar el cuerpo.
Es algo radicalmente sencillo, físico y cotidiano.
Permitir que el peso descienda por las líneas de la estructura,
que se vacíe en la postura,
como el agua que cae hasta el fondo de un recipiente.
Caer.
Dejar que la gravedad haga lo que siempre está haciendo.
Y al llegar al suelo,
encontrar aquello que realmente nos sostiene.
Desde ese apoyo, el cuerpo empieza a llenarse desde abajo.
El ascenso ya no nace del esfuerzo.
Nace del apoyo.

Mover... sin perder movilidad

Soltar en el movimiento

Soltamos en la postura para encontrarnos con un cuerpo disponible.
Alinear y soltar permiten recuperar movilidad. Al dejar de resistir y volver a la atención, el cuerpo deja de estar ocupado en sujetarse y puede convertirse también en espacio de y para el movimiento.
Llega entonces el momento de darle una dirección a esa disponibilidad.

La atención puede tomar una dirección. Convertirse en intención. 
Y la intención, en movimiento.
Una formulación tradicional del Chikung dice que la intención correcta produce el movimiento correcto.
No se trata de imponer una acción al cuerpo, sino de ofrecerle una dirección clara y permitir que se organice alrededor de ella.
La intención moviliza: reúne la disponibilidad del cuerpo alrededor de una dirección.
Moverse no consiste simplemente en abandonar la quietud.
Consiste en hacerlo sin perder aquello que acabamos de encontrar:
el apoyo,
la estructura,
la soltura,
la presencia.
Y también en no agotar la movilidad en cada gesto.
Cada movimiento debería conservar posibilidad.
Posibilidad de continuar, de detenerse o de regresar.
De cambiar de dirección.
Un movimiento disponible es también un movimiento reversible.
No buscamos simplemente amplitud ni flexibilidad.
Buscamos movernos sin quedar atrapados en el movimiento.
Que cada gesto utilice la movilidad sin consumirla; que deje todavía espacio para otro gesto, otra dirección, otra respuesta.
Ahí aparece una primera dificultad.
En cuanto comenzamos a movernos, reaparecen las estrategias adquiridas.
Volvemos a fijar.
A sujetar.
A resistir.
El movimiento hace visibles patrones que en la quietud podían permanecer ocultos.
La atención permite reconocerlos mientras aparecen.
Y el trabajo consiste, una y otra vez, en soltar lo que vuelve a fijarse, depurar el gesto y recuperar disponibilidad.
Buscamos un movimiento suelto, fluido, relajado, sin esfuerzo innecesario.
Un movimiento que conserve capacidad de respuesta mientras sucede.
Pero el cuerpo no es lo único que se mueve.
La mente también se mueve.
Anticipa.
Recuerda.
Comenta.
Se distrae.
Se aleja de la dirección que habíamos dado a la atención.
Mantener la intención exige presencia.
La atención debe permanecer en el cuerpo que se mueve y, al mismo tiempo, mantener a la mente en la dirección elegida.
Encajar de nuevo la mente en una intención.
Como quien sostiene suavemente las riendas de un caballo: no para inmovilizarlo, sino para conservar una dirección.
Cuando la mente se dispersa, volvemos.
Volvemos a la intención. Volvemos al cuerpo. Volvemos a la atención.
En realidad, ambas dificultades no están separadas.
Son dos caras de un mismo proceso.

El movimiento no crea esta dificultad de fondo. 
La hace más visible y la lleva a otra escala.
Cuando la atención se dispersa, el cuerpo vuelve fácilmente a organizarse desde patrones conocidos.
Cuando el cuerpo se fija o se resiste, la atención pierde disponibilidad.
Cuerpo y mente pierden alineación juntos.
Y juntos pueden recuperarla.
La alineación no es solamente corporal. Implica también que atención, intención y movimiento vuelvan a encontrarse en una misma dirección.
La atención nos devuelve.
Al cuerpo.
Al apoyo.
A lo que está ocurriendo.
Y desde ahí podemos volver a soltar.
Una y otra vez.
La intención da dirección al movimiento.
La atención permanece en él.
Las intenciones con las que trabajamos no terminan necesariamente en los límites del cuerpo.
Son también líneas de acción.
Direcciones que atraviesan la estructura y se proyectan más allá de ella, hacia el espacio inmediato que nos rodea.
Pero esa apertura no implica abandonar el cuerpo.
El cuerpo sigue siendo el lugar desde el que atendemos, organizamos y experimentamos el movimiento.
La intención abre una dirección.
El movimiento la recorre.
La atención permanece en el cuerpo y, desde él, sostiene la relación con el espacio.
El espacio deja así de ser simplemente el lugar en el que el cuerpo se mueve y comienza a formar parte del propio movimiento.
Abrirse al espacio sin perder el cuerpo.
Poco a poco, la disponibilidad se convierte en movilidad.
La movilidad, en posibilidad.
Y la posibilidad abre un espacio de libertad.
No la libertad de hacer cualquier cosa, sino la de no estar obligados a repetir siempre la misma respuesta.
La posibilidad de continuar.
De regresar.
De detenerse.
De cambiar.
De moverse sin fijarse.
De fluir sin perder estructura.
Y de seguir encontrando, dentro del propio movimiento, espacio para otro movimiento.

Un mismo trabajo, dos herramientas

Chikung

Los fundamentos en condiciones más delimitadas.
Reconocer la estructura, el apoyo, el peso, la atención y la posibilidad de soltar.

A partir de ahí, el movimiento puede reducirse casi a lo esencial: coordinaciones mínimas, con la intención bien enfocada.

Aprendemos a tender líneas de movimiento sencillas, pero muy claras.

Taichi

Los mismos principios llevados más lejos.
La estructura cambia, el peso se desplaza y la atención permanece mientras el cuerpo modifica continuamente su relación con el espacio.

El movimiento comienza a explorar no solo el propio cuerpo, sino también el espacio inmediato que lo rodea: ese espacio cercano y superpuesto al cuerpo que puede abrirse en distintas direcciones y posibilidades.
Los principios no cambian. No son dos trabajos distintos.
Son dos maneras de profundizar en un mismo trabajo.
Cambia la complejidad de la relación.