La Práctica

La sesión comienza en la quietud y se abre, poco a poco, al movimiento.

Trabajamos con la postura, la atención y distintas intenciones de movimiento. El Chikung permite construir los fundamentos; la forma de Taichi ofrece un espacio más amplio donde ponerlos en juego.

Entrar y conectar

Comenzamos de pie, en una posición erguida y suspendida.

Introducimos las primeras pautas de alineación y distensión: reconocer el apoyo, dejar caer el peso y permitir que el cuerpo encuentre su disposición.

Desde ahí pasamos a un calentamiento articular suave.

Es un tiempo de entrada. Una manera de centrarnos y sintonizar con el cuerpo antes de profundizar en el trabajo.

Profundizar desde el Chikung

La práctica se vuelve más dirigida.

Trabajamos la postura, la relajación y la movilidad mediante intenciones de movimiento más precisas. Buscamos profundizar en la distensión y abrirnos, progresivamente, a una vivencia más energética del cuerpo.

La atención acompaña todo el proceso.

Al movernos, las maneras habituales de tensarnos y fijarnos tienden a reaparecer. Aprendemos a reconocerlas cuando surgen, para poder soltar y recuperar disponibilidad.

Aquí vamos construyendo los fundamentos y familiarizándonos con esa dimensión energética desde la experiencia de la práctica.

Llevarlo al Taichi

Trabajamos sobre una forma de Taichi: una secuencia de movimientos que amplía el espacio de la práctica.

En su recorrido ponemos en juego lo trabajado antes: el apoyo, la alineación, la distensión, la atención y la intención.

La secuencia nos permite explorar cómo conservar esas condiciones al desplazarnos, cambiar de dirección y enlazar un gesto con el siguiente.

Poco a poco, lo que reconocemos en la quietud encuentra continuidad en el movimiento.

Un mismo recorrido

Las tres partes se alimentan entre sí.

Entramos para conectar. Profundizamos para reconocer y soltar. Ampliamos el movimiento para integrar lo aprendido.

Una misma práctica, desde la postura hasta la forma.
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