Taiji Quan (taichi chuan) y Qi Gong (chikung). ¿Qué son y para qué sirven?. (II)

Qi, el contexto energético y el entrenamiento de la mente.

Estamos tratando con disciplinas energéticas que entrenan la mente (atención e intención). Energéticas, porque su terreno natural no es el cuerpo físico sino el cuerpo energético (aunque la reducción sea posible y ocurra de manera demasiado general). Ahora bien, esto no significa la negación del cuerpo físico, que es fundamental por ser la vasija (y vehículo) primaria en la que se inicia la forja de una conciencia de cuerpo energético (cuerpo taichi) que asienta los fundamentos reales de la práctica del qi (de la energía). Pero esto es solamente el nivel básico (y es el nivel en el que nos movemos la mayoría de practicantes) de un entrenamiento que no se detiene ahí, sino que continua refinándose hasta llegar a su dimensión real que es la de la ejercitación de la intención/voluntad/mente, desde una atención clarificada, y la comprensión de la trama energética que sustenta la realidad material de tres dimensiones en la que vivimos. La dimensión energética es uno de los niveles en los que mente y cuerpo se integran y se salva la ilusión de escisión en la que nos encontramos existencialmente atrapados como seres vivientes. Los clásicos chinos lo expresan de manera eficaz en la frase “la intención guía al qi, qi mueve el cuerpo“. Como se puede apreciar en esta frase, qi (energía) se da por sentado, mientras que para el paradigma occidental vigente es charlatanería pura (aunque la Física, la de los tiempos que corren y no la de los programas educativos vigentes, la describa de muchos modos). Dicho cuerpo energético no consiste en una “entelequia”, sino que puede ser percibido y vivenciado desde una atención adecuada. En boca de un anciano maestro: “no importa si crees o no en la existencia de qi (energía), practica diligentemente siguiendo las pautas correctas y, simplemente, aparecerá tarde o temprano“. Cuando aquí se dice “aparecerá” no se está hablando de un truco de magia o prestidigitación, tampoco se trata de sugestión, de embotar o engañar a los sentidos con los que percibimos el mundo, sino de amplificarlos y de sublimarlos. Se está refiriendo a una percepción “intensificada” de la realidad, como resultado de un trabajo de desprogramación y desembotamiento de las herramientas de percepción y asimilación de la realidad.

Claro que, en este punto, el punto de partida queda claro: ¿tiene sentido enfrascarme en una práctica que me habla de una realidad que, en el más optimista de los casos, a duras penas llego a intuir?. ¿Tiene algún sentido para el individuo moderno invertir el tiempo en alguna “actividad” que le dice que se puede ir mucho más allá de sí mismo, cuando en realidad está profundamente convencido de que él mismo es “la joya de la corona”, de que es la cúspide del proceso evolutivo que ha encontrado en él una cota imposible de superar?. ¡Que paradoja tan curiosa, tanto creacionistas como evolucionistas operan desde la misma base, el ser humano es el no va más de la realidad!. Así es que, ¿que más da el color de la sotana o los instrumentos de la liturgia, si la ceguera es compartida?. Lo que vemos es lo que hay. Claro que un mono, o un saltamontes, también viven desde esa asunción. Entonces ¿que nos diferencia de ellos?, ¿acaso nuestra suposición de que somos los que se encuentran en la punta de arriba de la cadena alimenticia?.

Hemos de reconocer que entramos en un terreno puramente fronterizo y marginal  para los estándares del sistema de creencias (paradigmas) occidentales. Nos encontramos aquí en el extrarradio de lo que comúnmente aceptamos como “realidad”. Los teóricos de la física avanzada en nuestra cultura a duras penas se atreven a abrirse y exponerse a las consecuencias prácticas de sus elucubraciones (aunque las excepciones existen, aún a costa de lo que “la iglesia de la comunidad científica” pueda pensar al respecto). Y dichas elucubraciones fantasean siempre casi siempre con aparatos, con sofisticadísimos apéndices tecnológicos a modo de prótesis artificiales cuyo único propósito consiste en “armar” un estado incompleto, fragmentado y asustado del ser, olvidando de paso cualquier unificación integradora y trascendencia subsiguiente del mismo. A toda aquella persona a quién esto le suene a una ficción que no va más allá del cine o de la literatura, le recomiendo que se de una vuelta por la red siguiendo la pista de la etiqueta “transhumanismo”. Seguramente muchos se echarían las manos a la cabeza si descubrieran cuanto de adelantadas se encuentran ciertas agendas en este mismo momento.

Pero, ¿Y si un día tropezáramos de bruces con el hecho de que esos apéndices ya están, que no hay que inventarlos ni injertarnos, que los tenemos tan a la vista que no los vemos?. ¿Y si descubriéramos que nacemos a este mundo con toda la aparatología necesaria para vivir en él y desarrollarnos en plenitud?

No creo que resulte difícil comprender, en este punto, lo farragoso de tender puentes hacia una explicación intelectual de lo que estas disciplinas representan. De hecho el puente existe y es… la propia práctica y su vivencia. Pero esto requiere, exige dejar atrás prejuicios y expectativas desenfocadas para lanzarse a algo desconocido. Aunque a muchos les resulte “escandaloso”, demanda dejar de lado “cierta mirada crítica y basada en el prejuicio de lo ya conocido” para lanzarse a la experiencia. Probarlo, que no es lo mismo que abandonar las posesiones materiales para seguir la senda de un gurú espiritual que se beneficia materialmente de nuestro desapego. No consiste entrar en una secta, sino probar un tipo de “ejercicio” diferente a lo que estamos habituados. Como se puede ver en la frase anterior, no depende de confianza o fe sino de práctica, de repetir (“Kung fu es repetición y la repetición conduce al Kung fu”). De repetir y repetir, con perseverancia, en un proceso de desaprendizaje por agotamiento de una serie de modelos y hábitos muy ineficaces, a la vez que profundamente arraigados en lo más profundo de nuestra psique/soma. Sólo en la medida en la que voy desaprendiendo y vaciándome abro una puerta a una comprensión más limpia y clara. Además, dejando a un lado el océano de “deslumbrados” (que no iluminados) que inunda el panorama actual, el aprendizaje, la creatividad, el desarrollo profundo de los potenciales (tanto de los positivos como de los negativos) pasan siempre por dos aros: método y repetición de las pautas marcadas por el método.

Los beneficios que nos pueden aportar tales prácticas son numerosos y están a la orden del día en muchas publicaciones y sitios de Internet. Pero aquí nos encontramos con otro muro. Considero que iniciarse en la práctica manteniendo una expectativa concreta o demasiado elevada nos impedirá beneficiarnos de lo que ella pueda aportarnos. La razón es tan simple que parece una tomadura de pelo: “la expectativa reduce el espectro de posibilidades puesto que cierra el campo de la mente”. En la versión tradicional china dirían ” la mente guía al qi y donde está la mente no puede haber qi“. Y la expectativa es sólo mente y, además, mente en su versión más superficial y reducida. Si uno practica desde la expectativa, la mente ordinaria ocupará todo el espacio de la práctica y no habrá lugar para energía ni ninguna otra cosa que pueda aportar comprensión.

 

(*) Soy consciente de que los evolucionistas, en su vertiente más actual como transhumanistas, están dispuestos a forzar el proceso, arrogándose de ese modo el papel de Dios en el devenir de la vida. Pero, ¿no habían sido ellos mismos quienes lo habían matado con anterioridad?. Y ahora descubren que ellos mismos pueden ocupar su lugar. Mmm……,  que coincidencia tan familiar por recurrente a lo largo de la historia

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